Con un vaso de whisky

febrero 10, 2022

NO DIGA BANALIDAD, DIGA ABURRIMIENTO

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:31 pm

MIS conocimientos sobre la extinta Yugoslavia y la terrible guerra de los Balcanes son muy básicos. Algunos nombres propios de personajes históricos o de lugares con espantosas connotaciones me suenan más o menos vagamente. Por otro lado, siempre he admitido mi vergesiana fascinación por el Mal en su múltiples formas. Y para rematar, uno de mis subgéneros de obras de ficción favoritos ha sido definido por un amigo como “gente sentada hablando”, aunque no soy tan estricto y admito que algún personaje se ponga de pie y hasta pasee un poco por el cuarto. Dado todo lo anterior, al ver que en Filmin estaba disponible una miniserie titulada en español Los últimos tres días y que, según el resumen, narraba las horas finales de Slobodan Milosevic en su palacio presidencial, antes de ser arrestado por la policía, arresto que acabaría en una celda del Tribunal Internacional de La Haya, me froté las manos y abrí una botella.

MENOS mal que abrí la botella.

PUEDE que la culpa sea mía, como espectador, y no de la serie. Puede que sea una obra pensada para aquellos que conozcan mejor los acontecimientos históricos. Puede que sea una serie para los bosnios y serbios y croatas y albaneses y montenegrinos y kosovares y eslovenos y macedonios. Puede ser. Sólo puedo indicar que me senté a verla con genuino interés. Y que, tras cinco horas, sabía tanto sobre los protagonistas de esta historia como al principio. Eso, ustedes me perdonarán, me huele a fracaso.

EN mi humilde opinión, esta miniserie tenía ante sí una doble bifurcación. Una primera, sobre qué historia contar. ¿Quería plantear un tenso thriller político, con dos focos, el palacio-búnker del dictador y las oficinas del nuevo gobierno serbio, cada facción jugando sus cartas en una partida desesperada para ambas, con el reloj contando hacia la perdición de unos, de otros o de todos? ¿O prefería centrarse en la fortaleza de Milosevic, en la paranoia del antiguo líder, rodeado de sus escasos cortesanos y de su familiares, derrotados, desafiantes, desesperados? Los últimos tres días es un título ambiguo que podría ir bien a cualquiera de las series. El título original, sin embargo, es Porodica, esto es, parece, La familia, algo que encajaría mucho mejor con la segunda posibilidad.

LA otra bifurcación, el tono. Porque cualquiera de esas dos historias podría narrarse como una cruel comedia negra, llena de personajes grotescos, mezquinos, miserables o malvados, una comedia de los terrores, como inteligentemente subtituló Iannucci su estupenda y perversa La muerte de Stalin. Podría haberse optado, en cambio, por un frío tono realista y serio, tenebroso y asfixiante como la claustrofóbica El hundimiento o trepidante y tensa como Trece días o la estupendérrima Siete días de mayo (la de 1964, no el espanto que perpetró la HBO décadas después).

LOS últimos tres días elige el tono serio sin duda, lo cual no deja de parecerme un tanto lástima. Lo acepto deportivamente. Ahora bien, entre el thriller trepidante y el encierro agobiante, da tumbos, como si no supiera muy bien a qué carta quedarse y eso ya tiene menos excusa. Vamos de unos despachos gubernamentales a otros, mientras políticos diferentes intrigan, negocian, convencen. También de una habitación a otra del laberinto de ratas de los Milosevic. Las charlas entre los nuevos gobernantes y la larga, circular y sin garra negociación entre el sitiado ex presidente y el enviado del gobierno (un sinsustancia, por cierto) apuntan a la primera alternativa. Las escenas con la endiosada y chirriante mujer de Milosevic, acusando incluso a los últimos sicofantes leales de su esposo de traición, y la enloquecida hija del matrimonio vociferando, pistola en ristre, por los pasillos, más bien a la segunda. Y como no es ni una cosa ni otra, el ritmo cambiante, el tono contradictorio de unas escenas con otras, vuelve a ésta una miniserie fallida, irregular, que no se desarrolla porque no sabe a dónde tirar ni qué hacer con su tiempo. Y tiempo tiene de sobra, por cierto. Cinco episodios, cuando una película de hora y media, dos horas o una miniserie de dos capítulos de 75 minutos cada uno, bien meditada, podría haber sido magistral.

PARA empeorar las cosas, muchos, muchos minutos se malgastan en tramas secundarias. Todo el arco de la televisión estatal distrae. Presenta un abanico de personajes con sus intereses, sus enfrentamientos; no obstante, no los desarrolla, porque no hay tiempo para todo, con lo que quedan degradados a unos secundarios o aun terciarios sin profundidad y sin mucho sentido, salvo porque parecería que rodar una serie política y no meter al menos un puñado de periodistas fuera quebrantar alguna regla. Más equivocada aún es toda la subtrama de una abuela simpatizante del caído régimen y de su nieto. Supongo que la idea es poner cara a los ciudadanos normales de Serbia que apoyaban al tirano y puede que esta historia tenga implicaciones y subtextos que se me escapan. Como espectador lejano, a mí sólo me sirvió para carraspear con impaciencia cada vez que la cansina señora y el aún más cansino crío aparecían en la pantalla. Más minutos desperdiciados. En cambio, el personaje de la camarera de palacio y el de su desesperado padre intentando sacarla como sea de allí sí podrían haber sido dignos representantes de la gente normal y sí podrían haber sido efectivos secundarios tanto de la comedia como del drama. Por desgracia, la miniserie no sabe sacarles jugo.

ASÍ que uno se queda sabiendo de Yugoslavia, de Serbia, de la guerra, del régimen de Milosevic, del dictador y sus secuaces y sus adversarios casi lo mismo que antes. Nada en la serie intriga, emociona, inquieta o mueve a la reflexión. Es una verdadera lástima. Y creo que hay quien tendrá la tentación de disfrazar esto con la célebre frase de Arendt, la banalidad del mal. Pero banalidad no significa tedio. Arendt no estaba aburrida al cubrir el juicio de Eichmann en Jerusalén. Más bien lo contrario. La banalidad del mal se puede olfatear en películas como Conspiracy, en esa reunicón de militares, juristas y burócratas del Tercer Reich que, entre cigarrillos y copas de vino, negociaban, salvaguardando los intereses de sus propias facciones, cómo exterminar a millones de seres humanos. O en ensayos donde se explica cómo una junta de comerciantes de Londres creó un ejército privado y explotó las divisiones del Imperio Mogol para convertirse en la primera multinacional imperialista de la Historia. O leyendo los entresijos del corrupto régimen dictatorial en La fiesta del chivo o las depredaciones colonialistas del rey Lepoldo de Bélgica en El sueño del celta. Ninguna de esas obras causan bostezos, por banales y mediocres que sean los agentes del Mal, simples seres humanos, sin características destacables.

SÉ poco de la historia de la ex Yugoslvia. Pero lo bastante para saber que esta miniserie no hace justicia al fragmento en el que se fija. Es, me temo, un fracaso. Histórico, narrativo, artístico y humano. No deja de tener su mérito, la verdad.

octubre 12, 2021

Marlowe no está en Berlín

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:51 am
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ES más satisfactorio para el espectador o lector estar ante una obra mala de verdad que ante una que podría ser buena. Con las obras malas hay dos opciones respetables: arrojarlas por la ventana y no perder más el tiempo; o repantigarse con una copa y disfrutarlas, porque una obra realmente mala es, muchas veces, una estupenda comedia involuntaria. Pero, ay, las obras que podrían ser buenas: uno sigue leyéndolas o viéndolas, esperando que en algún momento encuentren su camino y, cuando ya es imposible que enderecen, las termina con cierta melancolía.

“LOS vencidos”, una miniserie (creo, aunque el final puede hacer pensar en una siguiente temporada) de Netflix encaja en esta categoría de obras que pudieron ser dignas y aun notables pero quedarán olvidadas en una cuneta. Es lástima, porque no carece de ciertas virtudes. No es sólo que sus defectos las igualen, es que su potencial positivo queda apenas esbozado y por ello la serie se va hundiendo, con alguna escena que se salva.

LAS virtudes son casi todas de atrezzo y localización. Estamos en Berlín, en 1946, y la capital del que iba a ser el Reich de los Mil Años es una pura ruina. Una capital dividida aún en cuatro sectores, no en dos. Una ciudad donde ocupantes y ocupados viven mal que bien, entre desconfianzas, pobreza, brutalidad, venganzas y conspiraciones. El escenario es excelente. En el Berlín tras la Segunda Guerra Mundial podrían contarse varias historias. Se han contando varias historias. Esta serie intenta contar demasiadas historias (ojo, voy a empezar a destripar).

“LOS vencidos” tiene dos grandes tramas y varias subtramas. La trama principal A es el caso del Hacedor de Ángeles, una figura misteriosa que parece mover los hilos en la ciudad, controlando un ejército de mujeres que le deben muchos favores y, a través de ellas, manipulando el submundo de la prostitución, el contrabando y el tráfico de información. Una corajuda comisaria de policía y su grupo de detectives novatos deciden capturarlo, con la ayuda de un sabueso neoyorquino, encargado de entrenar a la nueva policía berlinesa por el Departamento de Estado.

LA trama principal B es la búsqueda, por parte de ese sabueso yanqui, de un asesino en serie que está matando nazis supervivientes con métodos que recuerdan vagamente a las bromas de dos hermanos revoltosos en un cuento infantil del siglo XIX, “Max y Mortitz”, esbozadas en los títulos de crédito.

ALREDEDOR de ellas, se van anudando las subtramas, con mayor o menor fortuna. En fin, para qué vamos a andarnos con rodeos: con poca o ninguna.

LA serie, creo yo, debería haber decidido centrarse en la trama A o la B. Al decidirse por ambas, no se decide por ninguna y una entorpece a la otra. Contar dos historias paralelas exige un talento que roza el genio y sólo le sale bien a grandes como Vince Gilligan en “Better Call Saul”.

EL título de la serie podría haber hecho referencia tanto a los policías y criminales berlineses de la trama A como a los nazis cazados de la trama B. Ambas historias podrían haber mostrado el Berlín ruinoso, las historias pequeñas de la gente corriente, heroica, miserable, decente o mezquina, de sus complejas relaciones con el terrorífico pasado reciente y el sombrío presente, con sus enemigos hace unos meses y ahora nuevos señores con máscara de aliados frente a nuevos enemigos comunes (y esto vale para occidentales y para soviéticos). Ambas podrían haber tejido de modo eficaz subtramas de politiqueo y espionaje. En fin, ambas podrían haber sido excelentes historias de Chandler, de Le Carré o de Ellroy. Pero no.

TRAS ver la serie, hubiera preferido que se diera más importancia a la trama A. Creo que es la que mejor funciona y hubiera podido ser mucho mejor sin tantos lastres. La idea (no sé si históricamente precisa) de una nueva policía formada por gente común, desde una ex profesora universitaria a un adolescente judío superviviente del Holocausto, tiene su atractivo. El policía estadounidense podría haber sido un secundario de bien o un coprotagonista correcto (no lo es) de Elsie, la jefa de la comisaría, que sí es un personaje interesante, cuya actriz, Nina Hoss, merecía mejores escenas.

Y del lado contrario, el Hacedor de Ángeles es un villano que, también, podría haber sido excelente. Por cierto que durante un tiempo acaricié la idea de que el médico que se nos presenta como mente criminal en realidad sería un simple hombre de paja de su supuesta mano derecha, Marianne, y ésta sería la titiritera. No fue así, pero el doctor Gladow no resultó un malvado de opereta. Si grandes villanos de la televisión (como Malvo o Varga en sus respectivas temporadas de “Fargo” o el glacial Gatehouse en “The Shadow Line”) tienen el origen de su potencia en ser avatares de la Oscuridad, otros, justamente, resultan inquietantes por ser monstruos muy humanos. Este médico intrigante y despiadado es, pragmáticamente, de mucha ayuda para muchas mujeres desesperadas, aunque el precio que les hace pagar luego es el servicio perpetuo. Esto resulta un tanto mefistofélico y la serie es ambigua en cuanto a si todo en el buen doctor es puro teatro o en verdad hay un interés genuino por su “familia”, lo cual explicaría la lealtad casi fanática de la misma.

LA serie intenta ahondar en ello con el personaje de Karin, la última incorporación a las filas de Gladow. La evolución de esta joven, de víctima de una violación a verdugo de los perpetradores, de agente extorsionada y prostituida a lugarteniente y sucesora del gran criminal es muy interesante en teoría, pero un tanto aturullada en la práctica; su decisión repentina en uno de los clímax de la serie tiene escaso o ningún sentido. Una vez más, la decisión de la serie de perder el tiempo con otras historias no permite que las de los personajes de la trama A respiren y sus protagonistas se desarrollen o revelen correctamente.

LA subtrama de esta trama principal se centra en las maquinaciones del responsable del sector soviético, Izosimov. Ahora bien, los chantajes del hierático militar estalinista, aunque supongo que muestran algo del mundo de espionajes y contraespionajes de la época, no tienen ninguna importancia para la serie. Si uno elimina el personaje de Izosimov, todo queda igual, tramas y personajes. ¿Qué más dan las escenas del desdichado marido de Elsie, prisionero de los soviéticos? ¿Nos ayudan a conocer mejor a su mujer? ¿Tienen suficiente fuerza dramática para estar justificadas por sí mismas? ¿Incide que Elsie se convierta en involuntaria espía -siendo ya otro de los policías involuntario espía del camarada Stalin- en sus tratos con los demás personajes o afecta al caso? La respuesta es, creo, no. Y si es que no, ¿para qué incluirlo?

LA trama B es muchísimo peor. Y esto que la primera escena de la misma, la última escena del primer episodio, resulta impactante: una familia nazi, marido, mujer, niños, colgados como los pollos de una las bromas de Max y Moritz. Aquí, me dije, puede haber un “Seven” truculento, puede haber algo con regusto a Ellroy. No lo hubo.

EMPECEMOS por los problemas mayores. Max y Moritz. No los niños del cuento de Wilhelm Busch (admito que no lo conocía; parece ser que hay una edición respetable de Impedimenta), sino los hermanos cansinos. Por todos los santos, cada vez que salía uno u otro tenía la tentación de clavarme un tenedor en el ojo para distraerme. Taylor Kitsch interpreta a Max, pero yo sólo veía a alguien queriendo ser Timothy Olyphant en, por ejemplo, “Justified” y fracasando estrepitosamente. Logan Marshall.Green es Mortitz, pero yo sólo veía a alguien queriendo ser Tom Hardy en, por ejemplo, “Taboo”, y fallando miserablemente. Cada segundo de cada una de las escenas de uno u otro, no digamos ya las conjunta, son enervantes.

ES en esta trama donde se repite más un vicio formal de la serie, el recurso perezoso al flashback. Es un mecanismo legítimo y útil si se sabe usar. Pero aquí se usa mal, siempre. O bien hay un personaje explicándonos como voz en off lo que ya estamos viendo (y no, como en esa brillante secuencia de “True Detective”, lo que realmente pasó frente a lo que está contando el personaje), lo cual es reiterativo y hace que la narración pierda toda la fuerza (quizá porque el actor no da la talla para transmitir con sus palabras, tono, timbre y rostro lo que debe) o bien hay flashbacks sobre recuerdos que no añaden nada a nada (sí, los hermanos de críos se querían, muy bien, eso lo puede mostrar el actor mirando la fotografía sin necesidad de enseñarnos cómo se hicieron la puñetera fotografía) o bien son flashbacks reiterados que repiten una información que ya poseíamos (ese condenado informe psiquátrico, apareciendo una y otra vez, por si no nos habíamos enterado aún que Moritz está tarumba). Y si a ello unimos otro de los vicios de la serie, el abuso de la cámara lenta para, supongo, intentar dar dramatismo a absolutamente todo, a veces la sobriedad se hacía pesada.

LA subtrama asociada a la trama B es doble: la insoportable pseudo aventura entre Max y la mujer del vicecónsul americano y la cuota de intrigas postbélicas que le corresponden a éste. En cuanto a la primera subtrama: total y completa pérdida de tiempo. Mrs. Claire Franklin parece que apunta al inicio a femme fatale morena (no rubia, lo sentimos, Raymond). Una femme fatale, no obstante, es alguien de respeto. Y Mrs. Franklin es sólo una alcohólica aburrida de todo que flirtea con un ganapán de mandíbula cuadrada y ni siquiera llegan a hacer gimnasia de alcoba. Minutos y minutos por el sumidero. Una vez más, borramos todo esto y no sólo no perdemos nada, sino que ganamos mucho, aunque sea ahorranos los vergonzantes diálogos entre los casi amantes.

LA subtrama del vicecónsul podría haber tenido interés. Y podría, de hecho, haberse enlazado con la trama A con cierta facilidad, dado que el Hacedor de Ángeles tiene información interesante para el Tío Sam. Una intriga de contrabando de arte y acogida bajo cuerda de criminales de guerra nazis por los Estados Unidos no sólo tiene su gracia, es que tiene considerable base histórica. Pero la serie no parece querer salpicar a Washington (a cambio, hay una referencia bastante tópica a Pío XII) y me quedé sin ver a Mr Franklin explicándole al polícia idiota que esto es política de alto nivel, bobarán de Brookyn. Mr. Franklin es, por cierto, Michael C. Hall, criminalmente desaprovechado en esta serie. Espero que, por lo menos, le hayan pagado con largueza.

En el útimo episdio de “Los vencidos” Elsie interroga al doctor Gladow. El gran delincuente, supuestamente vencido, herido, esposado, retuerce dialécticamente a su némesis, la cual empieza a entender que este escurridizo individuo va a escapársele de entre las manos. No es una escena memorable, pero es el mejor momento de ambos personajes y ambos actores y se acerca mucho a lo que esta serie hubiera podido ser. Y, por desgracia, no fue.

agosto 25, 2021

Wandavision: trampantojo de lo siniestro

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:49 pm
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UN servidor de ustedes, para qué vamos a ocultarlo, nunca ha sido un gran forofo de las películas que se conocen como el Marvel Cinematic Universe (MCU, para amantes de siglas de organizaciones sombrías). Como no anda falto de taras, ha visto buena parte de las mismas. Y la mayoría en cine. Y en compañía de gente que se lo estaba pasando, casi siempre, mucho mejor que yo. No crean que iba a sufrir con aires de mártir sabelotodo; realmente, cuando una película me gustaba lo admitía con una euforia casi patética. Pero ya había hecho las paces con que Marvel no era lo mío y no pasaba nada.

CUANDO Marvel anunció que tomaba al asalto también el mundo seriéfilo, pues, me encogí de hombros. Series hay que ver, descubrir y revisitar. Para qué iba a ver algo que seguiría un patrón que no me convencía.

LUEGO empecé a leer y a escuchar críticas positivas de la (me parece) primera serie de esta campaña de conquista, Wandavision. Más que positivas, algunas entusiastas. Tanto de críticos cuyo criterio en estas cuestiones respeto muchísimo (desde Mr Alan Sepinwall al profesor Nahum) como de amigos y conocidos de los cuales también me fío bastante. Me entró la curiosidad. Decidí verla. Y, al principio quedé bastante asombrado; la serie me atrapó en los primeros capítulos, que me parecieron muy brillantes. Luego, poco apoco, el hechizo fue perdiendo fuerza tanto en la pantalla como fuera de ella. Los últimos capítulos los vi con creciente impaciencia. El fruncido ceño que se había desfruncido al inicio en un arco de sorpresa había vuelto fruncirse hasta causar jaqueca.

ADVIERTO: desde aquí, hago destripes.

NO voy a reiterar los mismos análisis que he leído sobre la estructura narrativa, los guiños y homenajes a las distintas edades de la comedia televisiva y actuaciones. Coincido en que hay un puñado de excelentes interpretaciones, en especial las de Elizabeth Olsen y Kathryn Hahn. Y los primeros capítulos en efecto me siguen pareciendo notables. Pero, a la postre, una trampa. Más, una estafa. Wandavision amagó a ser lo que no era y, al darse cuenta de dónde se estaba metiendo, buscó una escapatoria de modo cobarde.

MIENTRAS veía los tres primeros capítulos me venía a la cabeza el notable ensayo de Eugenio Trías Lo bello y lo siniestro (recomendación sin gastos: lean a Eugenio Trías). En él, Trías cita a Freud, indicando que lo siniestro “sería aquella suerte de sensación de espanto que se adhiere a las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás.” Más adelante, añade: “Se trata pues, de algo que acaso fue familiar y ha llegado a resultar extraño e inhóspito. Algo que, al revelarse, se muestra en su faz siniestra, pese a ser, o precisamente por ser, en realidad, en profundidad, muy familiar, lo más propiamente familiar, íntimo, recognoscible”. En fin, siniestro “es un deseo entretenido en la fantasía inconsciente que comparece en lo real; es la verificación de una fantasía formulada como deseo, si bien temida. [….] Lo fantástico encarnado: tal podría ser la fórmula definitoria de lo siniestro.”

Y así la serie me parecía más y más siniestra, extraña, inquietante. Era doble o triplemente siniestra. Porque desde el inicio el espectador comprende que el mundo en blanco y negro en el que Wanda y su supuesto marido interactúan no puede ser la realidad del universo donde esos personajes existen. Pero es a la vez familiar y recognoscible, el de comedias norteamericanas célebres. Cuanto más detalles chirrían, cuantos más elementos que deberían ser tropos tranquilizadores se vuelven amenazadores, más inquietante resulta la serie, tanto para el espectador como para Wanda y para Visión. Pues ambos se dan cuenta de que en ese mundo no todo va como debería. Y que el mismo hecho de que ello ocurra es señal de que el mundo en el que viven, desde sus cimientos, tampoco es lo que debería. Lo siniestro, pues, envuelve a los personajes en capas y capas. ¡Esa angustiosa cena del primer capítulo! ¡Ese tétrico apicultor! ¡Esa radio implacable!

LO siniestro se debe revelar, tarde o temprano. Y entonces, en los capítulos cuarto y quinto, si la memoria no me falla, la serie muestra lo que deberían haber sido sus cartas y revela que el origen y encarnación de todo lo siniestro en la serie no es otra que su protagonista. Wanda es el origen de las fuerzas amenazadoras, del caos y el horror que esclavizan a miles de seres humanos, reducidos a títeres de una viuda doliente y poderosísima.

ESTO fue un golpe brillante. El tuitero «Franciscur» me indicó que la serie le había recordado no poco a Vértigo. Y no le faltaba razón. De hecho, volví a Trías, que trata de esa película magnífica y aterradora tanto en la tercera parte del ensayo ya citado como en otro dedicado en exclusiva al filme, Vértigo y pasión. Puede defenderse que esta obra maestra de Hitchcock es, al menos hasta la aparición del personaje de Judy, una versión del mito de Tristán e Isolda con un maligno rey Marc tirando de los hilos desde las sombras; a partir de ella se vuelve una película aún más turbia, más cruel, más nihilista.

CUANDO Wandavision revela el que debería ser su secreto, descubrimos que es Wanda la que está detrás de todo, como murmura la perpleja capitana Rambeau. Wanda viene a ser la Scottie de Westview, sólo que mientras el obsesionado detective de Los Ángeles sólo podía cambiar el vestido y el peinado de su muñeca particular, la Bruja Escarlata puede levantar una ilusión mil veces más complicada y cuantitativamente más terrible.

Y aquí es cuando la serie entiende dónde se ha metido y no se atreve a seguir adelante. Porque tenía todo preparado para una excelente tragedia. Los uniformados de SWORD serían unos cansinos, pero tenían un legítimo motivo para actuar: varios centenares de personas sometidas a Wanda y pasándoselo no muy bien, según parece. Incluso con la motivación más egoísta de su líder y sus métodos nada escrupulosos, eran una fuerza antagonista racional, no caprichosa. Si a ese enfrentamiento con el exterior se le añadía el mucho más jugoso conflicto interno entre una Wanda desesperada por mantener su fantasía y un Vision espantado al descubrir quién (o qué) es en realidad y dónde está, el último arco de la serie podría haber sido memorable. Tenían medios y talento para ello. Para que Wanda fuera protagonista y villana, compleja y sufriente.

PERO no. Alguien debió de decir que así igual a alguien, entre los espectadores o entre los productores, le daría un ictus.

ASÍ que se sacaron de la manga una pseudo villana. Deprisa y corriendo. Y, miren, esto me repateó por varios motivos.

PRIMERO, un villano es cosa seria, no sirve como coartada moral para la protagonista, como cabeza de turco ético.

SEGUNDO, Kathryn Hahn es una actriz más que respetable y no había derecho a usarla tan mal.

TERCERO, el personaje de Agatha Harkness podría haber sido una muy buena villana. No así.

CUARTO, el MCU tiene una larguísima lista de malvados ridículos o con potencial desaprovechado. Así que esto reabría viejas heridas.

El MCU saludando a un servidor, dramatización

POR tanto, la serie, tras habernos llevado con habilidad por los senderos de lo siniestro hasta plantearnos un conflicto trágico a tres bandas, se encoge sobre sí misma, convierte a una víctima de Wanda en la bruja mala que en realidad está detrás de todo (agujereando el guión, por cierto, en todas las escenas en las que Agnes, como otros vecinos, tenía momentos de claridad y, asustada o resignada, cumplía con su papel en la obra de marionetas de Ms Maximoff), corre un tupido velo a todo lo que ha organizado la viuda de Visión y despacha todo en una tediosa batalla de rayos de colores. Cuernos, si hacían un combate mágico podían haber sido más imaginativos. No esperaba yo el duelo entre Madame Mim y Merlín (duelo casi inigualable), pero algo con más gracia sí.

LUEGO Wanda, tras ganar, claro, se larga; eso sí, un poco dolida porque las personas a las que ha arrebatado vida, emociones, voluntad y ha hecho pasar por un tormento continuado le lanzan miradas poco amistosas. Pobrecilla.

Y toda la brillantez del inicio se desvanece, meros juegos de artificio, dispersada como confeti que rellenaba una caja vacía. Lástima.

julio 16, 2021

Seinfeld: Much Ado About Nothing

AL enfrentarse ante una obra canónica el crítico siente un bloqueo equivalente al del novelista que se coloca ante la página en blanco. ¿Qué va a decir que no se haya dicho ya? Seinfeld es una obra sin duda canónica, en el canon de las comedias, y sobre ella se ha escrito mucho y bien. ¿Qué voy a decir yo, que sea nuevo? Nada. Pero si la escritura creativa es una repetición constante, porque todo está en la Biblia y Shakespeare (y Los Simpson) la crítica no puede aspirar a más, así que sin el peso de la originalidad, vamos a ello.

PORQUE qué grandérrima serie es, demonios. Qué divertida, qué ingeniosa, a veces, qué absurda, otras. Y durante nueve años. ¡Nueve años sin perder el ritmo, sin perder el brillo, sino, más bien al contrario, refinándolo! No digo que Seinfeld necesite en absoluto esta reseña, pero yo necesitaba escribirla para no sentirme un completo parásito luego de haberme reído, reído y reído hasta la extenuación con Jerry y el resto de parásitos. Ser un parásito de los parásitos me parecía demasiado autorreferencial.

EN el amplio universo de las comedias televisivas, siendo reduccionista, observo dos facciones enfrentadas. La primera, un puñado de maravillosas comedias luminosas, en la que el Bien no es ridículo, sino que el humor y la bondad forman una alianza casi indestructible. Esta facción es obra de gentes como Greg Daniels, Dan Goor y, sobre todo, considero, Michael Schur. Por otro, una bandada de comedias negras y corrosivas, en las que el humor nace del sinsentido de la existencia, bien considerada como vida corriente, bien considerada como absurdo ontológico o de la burla despiadada, sutil o áspera, de la sociedad en la que vivían los creadores y vivimos los espectadores. Casi todas estas comedias oscuras son británicas y son legión: Father Ted, Yes, Minister, The Black Adder, The Thick of It, The Office (la de Mr. Gervais)Veep, uno de los portaaviones de esta flota tenebrosa es norteamericana, pero su creador es Armando Ianucci, así que mantiene el vínculo con las Islas Británicas.

ENTRE estos dos polos de luz y oscuridad podrían colocarse casi todas las demás comedias. No a Seinfeld. Porque Seinfled, comedia de una originalidad absoluta -quizá las estupendas The ITCrowd y Black Books se acercan algo a la esencia de Seinfeld-, se niega a estar del lado de la Luz o del lado de las Tinieblas. Eso es es demasiado trabajo. Meh.

SEINFELD ha sido definida como la comedia sobre la nada. Para empezar por ella misma. En el que tal vez sea su pico de brillantez narrativa y estructural, Seinfeld, una serie protagonizada por el cómico Jerry Seinfeld haciendo de una versión de sí mismo y parte de sus colaboradores (parece que el enorme George Costanza es una versión no muy alejada de la realidad del co-creador de la serie, Larry David, sólo que sin dinero ni éxito) tiene un arco argumental en el que Jerry el Personaje crea, junto con George/David una serie llamada Jerry basada en sí mismo y sus amigos en la ficción. Esto ya es bastante meta. Lo grandioso es ver la escena en la que Jerry y George deciden sobre qué versará la serie o en la que deben exponerla a los ejecutivos de la NBC. Y nos dejan claro sobre qué ha girado las temporadas que hemos visto y las temporadas que aún nos quedan. George paladea la palabra como nadie: “Nothing!”

Y, si la comparamos con la mayoría de las demás sitcoms, bondadosas o malvadas, Seinfeld realmente no va de nada. No hay nada que dé una coherencia interna a la serie, más allá de sus personajes y su propia nada. No hay arcos argumentales como tales. No hay tensión sexual o romántica entre personajes (al contrario, hay una burla puntual de ello con Jerry y Elaine); no hay un objetivo que el protagonista o el grupo ansíe, sea la presidencia de Estados Unidos, sobrevivir un día más en el juego político, hallar el sentido de la existencia, o escapar de las trincheras; no hay evolución en los personajes, no hay viaje moral o psicológico, no hay amistades que se refuerzan. No hay nada. Nothing! Jerry, George, Elaine y Kramer son los mismos desde el primer minuto hasta el último y ninguna de sus absurdas o miserables vivencias les cambian un ápice, ni a ellos ni sus mutuas relaciones.

PERO sería erróneo calificar esta serie de nihilista, salvo tal vez en el sentido de los nihilistas de El gran Lebowsky. Si el gran nihilismo negativo llega a la literatura occidental a través de los casi triunfantes villanos Yago y Edmund, con su progenie hasta el juez Holden y el Joker, o del sufriente matrimonio Macbeth e incluso de la terrible inteligencia del príncipe Hamlet, la cual de alguna manera entronca con el nihilismo vitalista hasta la locura de Nieztsche, Seinfeld no es nada de eso, una vez más. Quizá pueda haber en ella algo de la sardónica Medida por medida (y no de Mucho ruido y pocas nueces, aunque el título me haya venido al pelo), de su estupendo Bernardino, el preso borracho que se niega de modo magnífico y rotundo a salir de su celda para ser ejecutado.

NO, Seinfeld no es la serie del nihilismo, es la serie de la vacuidad. Sin énfasis, sin sermones, sin darle mayor importancia, santo cielo, dar importancia a algo, qué pereza, entre risas y gags, entre diálogos zumbones y slapstick, de fondo se escucha la canción de los crucificados con Brian: “Life’ s a piece of shit/ when you look at it/ Life’s a laugh and death’s a joke, it’s true”. Y, aunque nos carcajeamos, el sonriente Jerry y su séquito nos envuelven en sus redes de qué más dará todo. Tomada como guía absoluta de vida, Seinfeld es una de las series más insidiosas y paralizantes que hay. Pero, como cualquier bebedizo en su justa medida, resulta un cínico refresco en medio de tantos tormentosos debates en los que Todo Parece Importantísimo.

¿QUÉ es Seinfeld? No es una sátira, no adopta la posición del censor, no es, como decía Chesterton del ingenio, la razón sentada en el sillón judicial. Tampoco es puro humour, el absurdo por el absurdo, la belleza por la belleza, el arte por el arte. Es un curiosísimo espejo apenas deformante de la vida ordinaria media de un momento geográfico e histórico nada lejano a nosotros,que provoca la risa en parte por las situaciones indudablemente cómicas que se nos presentan pero también como mecanismo de defensa ante una mediocridad sin escapatoria en la que viven y vivirán fatalmente los personajes y en la que puede que estemos nosotros. Una mediocridad en la que no se espera nada, no se ansía nada, no se obtiene nada y no se aspira a nada. Nothing! Seinfeld, ni sátira ni absurdo, ni ingenio ni humor de modo absoluto, se vale de todos ellos como herramientas para hacernos reír alrededor de su vacío núcleo. Es un agujero negro rodeado de risotadas.

ME niego a juzgar una obra de arte desde el punto de vista ético. Su calidad no depende para mí de ello. Con todo, he de admitir que pocas veces había visto una serie tan llena de miserables. Porque, diablos, en otras muchas series hay malvados, mezquinos y memos, de acuerdo, pero casi todos tenían algo que les impulsaba o casi les excusaba, incluso la simple estupidez. Seinfeld rechaza de modo orgulloso dar excusas a sus criaturas. Son una panda de egoístas, amorales y repelentes tipejos. Nos caen muy bien, pero Jerry, George y Elaine son eso. De hecho, George y Elaine son personajes mucho más divertidos que Jerry, además de porque sus intérpretes son mejores que Mr Seinfled, porque la serie ahonda más en sus mezquindades que en las de aquel. Claro que Jerry es un tiparraco (desde cómo trata a sus diferentes novias, a sus tiquismiquismos sobre el orden y la limpieza, pasando por su total falta de empatía hacia cualquiera). Sin embargo, el cicatero, envidioso, colérico, rencoroso y amargado George (¡Jason Alexander!) es más gracioso en cualquier escena y el peso cómico en sus intervenciones con Jerry está por completo en sus espaldas. Y Elaine (¡Julia Louis-Dreyfus!), aunque menos patética que George y en bastantes ocasiones víctima humorística más que perpetradora de maldades, tiene una larga lista de cobardías y miserias.

DISTINTO de los otros tres se alza Cosmo Kramer. Sin duda, no un santo varón, pero su naturaleza apenas es humana así que no sé cómo vamos a ponerlo en el saco de los miserables. Kramer es una mezcla de duende y de fool de comedia isabelina. Michael Richards está brillante en cada segundo de su papel, con sus manierismos, sus movimientos espásticos, sus interjecciones y onomatopeyas convertidas en frases hechas, sus disfraces y suplantaciones de personalidad. Es el generador de caos y absurdo en esta comedia y, como tal, es lo que más se acerca al humor puro, casi limpio, casi radiante. Hay en Kramer una pizca de inocencia. ¿Cómo vamos a aplicar las leyes sociales y las normas morales a este espantapájaros danzarín? ¿A quien monta un estudio de televisión en su cuarto de estar con cámaras inexistentes? ¡Imposible!

ALREDEDOR de este cuarteto, hay una abigarrada galería de personajes secundarios y terciarios demasiado larga de enumerar, entre los que el espectador de hoy en día reconoce muchos rostros de actores y actrices que luego triunfaron o no tanto en otros papeles. Algunos, locos o mezquinos por derecho propio; los más, víctimas o piedra de toque de los protagonistas. Cómo olvidar a los diferentes y cada uno más chiflado que el anterior jefes de Elaine. A los ancianos de Florida (los padres de Jerry siendo los menos graciosos, como su hijo). A las empresas por la que George pasa, en su búsqueda del trabajo que le permita no hacer nada, una vez más. A Susan y su familia.

LOS dos personajes secundarios más relevantes surgen del entorno de Kramer y George, no de Jerry. El malicioso Newman, némesis de Jerry, es un tanto histriónico para mi gusto, pero no se puede negarle a Wayne Knight momentos memorables. Pero palidece frente al otro. Una de las mejores decisiones de la serie fue sustituir al padre original de George, hombre probo y digno, por el todopoderoso Frank Costanza, interpretado por un Jerry Stiller en estado de gracia. La madre de George no era manca, pero Frank resultaba imbatible. Era imposible que el hombre apareciera en escena sin que me desternillara de risa. Y por las tomas falsas, parece que al resto de actores les pasaba lo mismo.

TODA esta caterva de chiflados, estafadores, ególatras y sabandijas varias pululan por Nueva York y nuestras vidas durante nueve años extraordinarios. Nueve años, lo repito, de carcajadas constantes sin hablar realmente de nada. ¡De nada! Es uno de las cimas artísticas más extrañas con las que me he topado nunca. Nueve años (que yo he reducido a unos cuantos meses) de peligrosa seducción, porque nos reímos, nos reímos… quizá porque en el fondo somos de los suyos.

DE ahí que el último episodio, aunque sea un cierre genial, tenga un poco de engaño. Sí, sí, el cuarteto es juzgado por sus fechorías, más bien, por su pasividad, por esa vacuidad que han mostrado siempre, les ha caído encima la impresionante maldición del Apocalipsis, ojalá hubieras sido fío o caliente, mas como has sido tibio, te vomitaré de mi boca… pero, ¿y el resto que allí les abuchea? ¿No son ellos también culpables? ¿No lo somos también nosotros, los espectadores? ¿Cómplices, al menos? ¿No somos más culpables que Kramer, a quien un jurado digno hubiera sin duda absuelto?

QUIZÁ merezcamos estar en esa celda, repitiendo conversaciones pasadas con Jerry, George, Elaine y Kramer. Mientras Macbeth murmura a lo lejos aquello de “It is a tale, told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing”. Pero con un golpe en la mesa en el “nothing”. Y una carcajada estruendosa.

abril 5, 2021

Una serpiente sin veneno

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:02 pm
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NO conocía la historia de Charles Sobhraj, alias la Serpiente, antes de ponerme con la miniserie que, BBC mediante, ha llegado a Netflix estos días. Su nombre me sonaba por aparecer de pasada en el extraordinario documental “El Abogado del Terror”, ya que el protagonista absoluto de éste, el grandérrimo Jacques Vergès, fue defensor de Sobhraj en uno de sus procesos, creo. Como desconozco la auténtica historia y los letreros de aviso al inicio de cada episodio repitiendo la cantinela de Esto es una historia real son poco más que un chiste si uno ha visto “Fargo” (película o serie), voy a obviar por completo todo juicio histórico. Esto es, para mí “La Serpiente” es una pura obra de ficción; así la vi y así la critico.

Y es una obra entretenida y olvidable. Creo que esta reseña será breve.

ESTA miniserie tiene dos grandes problemas. La estructura y los personajes del lado negativo.

EMPECEMOS por la estructura. Se ha puesto muy de moda el montar películas y series de forma desordenada. No mediante saltos hacia detrás o hacia delante engarzados en una línea más coherente. Tampoco mediante la exposición de los mismos hechos desde el punto de vista de diferentes personajes, añadiendo perspectivas o hechos que unos saben y otros no. No, no. Hablo de saltos, absolutamente caprichosos, por el espacio y el tiempo, dando tumbos como un mal bebedor que ha trasegado demasiados cócteles. De modo que el espectador, inerme ante los directores y montadores, tiene que intentar poner orden en un desconcierto que no tiene el menor sentido estético o narrativo.

“LA serpiente” usa y abusa de esto. A partir del tercer capítulo, cada vez que el letrero que indicaba en qué momento se situaba la escena hacía su aparición, bufaba. Porque no servía de nada, salvo para cortar la acción y la suspensión; ni siquiera para sacar sorpresas de la chistera de forma tramposa, aunque intentaronn darle tal uso un par de veces. Sólo en el último episodio, en el cuasi epílogo, avanzando años y años, una vez que la trama principal ya ha sido contada, es empleada con acierto esta herramienta. Por lo demás, impide un correcto desarrollo de acontecimientos y personajes y lastra considerablemente la capacidad de la serie para que la tensión se acumule.

PODRÍA haber sido construida la serie en torno a la labor detectivesca de los antagonistas de Sobhraj, los esforzados Herman y Angela Knippenberg. Si su línea temporal hubiera sido lineal y, a medida que iban descubriendo más y más del tenebroso caso, las andanzas del asesino y sus lacayos hubieran sido desveladas, el rompecabezas podría haber sido elegante. Si se se hubiera escogido el juicio, con el defensor entrevistando a su cliente, examinando las pruebas de la acusación, una vez más, la invetsigación del diplomático holandés y su esposa, la estructura habría tenido un nivel mayor de compeljidad que hubiera podido ser resultón. Esto último no se hizo, quizá por problemas legales, quizá porque Vergès tenía más carisma en los dedos con los que sostenía sus puros eternos que todos los demás personajes juntos.

Y pasemos a los personajes, el otro gran fallo. El lado del Bien de la serie (es una serie muy maniquea, lo cual supongo que puede perdonarse ya que cuanta las andanzas de un asesino en serie) lo llenan los Knippenberg y sus aliados. Ninguno es muy interesante, pero ahí está parte de su atractivo: gente corriente que decide enfrentarse a un individuo peligrosísimo, arriesgando vida, carrera y felicidad, porque consideran que es lo correcto. Las actuaciones están bastante logradas, sin grandes alardes y sin meteduras de pata. Eso sí, era ver a Tim McInnerny y esperar que aparecieran Rowan Atkinson o Stephen Fry, haciendo alguna referencia a “Blackadder”.

¡EN cambio, el lado del Mal! ¡El lado del Mal es un desastre absoluto! Si los buenos son sosos, la cosa tiene remedio dramático ante un villano fascinante. El malvado ha de ser siempre mucho más interesente que el héroe. ¡Más aún si es el héroe-villano! El Mal, por lo menos en la ficción, exige respeto, reclama dignidad. Aquí provoca bostezos.

POCO voy a decir de Ajay, el lacayo del malvado, simple, plano y en absoluto desarrollado, pese a algún intento patético, como esa escena risible en la que unas cuantas frases dignas de Paulo Coelho murmuradas por una jovencita tontorrona y algo de droga provocan en el tipo una especie de crisis de lealtades que Sobhraj ha de atajar.

CON Mademoiselle Leclerc me voy a extender unas líneas. La cómplice y víctima de Sobhraj es un personaje que podría haber sido muy interesante. Pero ni guión ni actriz sacan de él lo que podría. La historia de su seducción y su dominación se nos presenta con desgana. Y durante toda la miniserie actúa de un modo tan oscilante entre la colaboración entusiasta y el espanto que uno no sabe si estamos ante un dilema moral, ante una mujer tratando de escapar de un manipulador psicológico de primer orden o ante un caso de personalidad múltiple. No ayuda nada, por lo menos a mí, que la encargada del papel sea Jenna Coleman, a quien conocí en “Doctor Who”, como Clara, la compañera del Doctor más cansina de todas las temporadas de la venerable serie que he visto. No aguantaba a Clara, en buena medida, por Coleman. Veo que mis gustos no han cambiado. Su interpretación es de aprobado raspado. Puesto que Leclerc es uno de los personajes más importantes de la serie, flaco favor hace ello a ésta.

PERO lo peor es él. El héroe-villano. Charles Sobhraj. El hombre de los mil nombres. El reptil de muchas pieles. El asesino que encanta, fascina, seduce, subyuga, manipula, engarfia a sus presas, las atrapa y nunca jamás las deja escapar. Pues, oigan, me pasé los ocho episodios intentando verlo y nada. El pobre Tahar Rahim me recordaba infaliblemente a un Tobias Menzies más joven y con pelucaza y así no había forma de tomármelo en serio. Un personaje así debería llenar cada escena en la que saliera, como el gran Mads Mikkelsen en “Hannibal”. Rahim logra que uno deje de bostezar en ocasiones, pero poco más. Aunque se nos diga de Sobhraj que es astuto, hábil, escurridizo y afortunado y los hechos de la serie así lo corroboren, como espectador no tuve manera de sentir admiración, ni rendida ni reluctante, ante esta criatura de las tinieblas. Y un buen villano logra justo eso. O seduce al público o hace que dé gusto odiarlo. Aquí, nada. Yo estuve casi del lado de los Knippenberg y eso es muy grave, porque un servidor de ustedes está siempre del lado de la villanía.

CON un carisma propio de un polo de fresa medio derretido, podrían igual darnos alguna pista, psicológica o ideológica, para las masacres de Sobhraj que lo hicieran más digno de atención. Se insinúa el rencor del asesino mestizo contra un mundo racista, colonialista y condescendiente y aquí había bastante que podría haber sido explorado. Pero la serie no sabe o no quiere. Para eso, mejor ni indicarlo. Podría haber algo también en la relación con su madre (la madre de Sobhraj es uno de los personajes de bien, por poco que aparezca), que tampoco se explora. ¿Ansias de ser aceptado, ansias de venganza, ansias de dominio y triunfo? ¿Un simple carroñero, ladrón y oportunista o un psicópata para el Departamento de Ciencias del Comportamiento? La miniserie no sabe qué ofrecernos y acaba siendo un batiburrillo poco interesante. No reclamo que nos lo den mascado, claro. Pero me parece bastante perezoso por parte del escritor amagar con explicaciones explícitas que luego no se desarrollan, ni por las acciones ni por los diálogos del personaje.

NO digo que “La Serpiente” carezca por completo de virtudes. Las localizaciones y el vestuario son muy correctos, pero esto es, en mi opinión, lo mínimo que se puede reclamar de una producción de la BBC. Pese a la estructura desesperante, el ritmo es correcto. Hay también escenas de genuina tensión: Dominique en el aeropuerto, Nadine en el apartamento de Sobhraj, mientras la redada policial espera el momento oportuno, Herman tratando de reunir pruebas suficientes antes de que el asesino logre escapar, bajo una nueva máscara. Pero son destellos que no logran enderezar una obra que podría haber sido digna y termina siendo una mediocridad con ínfulas.

ESTA serpiente, en fin, ha resultado una culebrilla sin veneno.

febrero 28, 2021

El corazón de la máquina

NIETZSCHE, parece, dejó dicho que encontramos palabras sólo para lo que está muerto en nuestros corazones, de modo que siempre hay una suerte de desprecio en el acto de hablar. Y en el de escribir. Asumiendo que el viejo Friedich llevase razón, es probable que no encuentre las palabras adecuadas en esta reseña. Porque Halt and Catch Fire no está para mí ni muerta ni olvidada.

ESTABLECIDA ya mi hábil excusa, voy a arriesgarme a una afirmación categórica: esta es una de las mejores series que he visto y de las que más por sorpresa me cogió. Había oído y leído bastante acerca de su calidad por gente cuyo criterio tengo en muy alta estima. Y, pese a ir con una curiosidad bien dispuesta, me superó. Primero la vi con gran gusto, luego con enorme placer y al final, en esas dos últimas temporadas prodigiosas, con la boca abierta hasta el final.

MI recomendación es, pues, que si no la han visto aún, dejen de leer y se pongan a ello. Si siguen adelante, les advierto que, sin duda, habrá destripes en algunos de los párrafos siguientes.

HALT and Catch Fire no va de ordenadores. Bueno, hay muchos ordenadores en ella y mucha informática y uno de los placeres de la serie es pasar de una época donde sólo hay teléfonos fijos a los albores de nuestra sociedad de la información. Un servidor de ustedes no sabe nada de ordenadores. Para mí siguen siendo unos objetos misteriosos en los que moran fuerzas indescifrables y a través de los que se mueven poderes más allá de mi comprensión. Parecen funcionar por una mezcla de magia y capricho; según amigos míos con conocimientos considerablemente más profundos que yo sobre el tema, mi intuición no va demasiado desencaminada.

TENÍA, por tanto, cierta aprensión ante esta serie. ¿Iba a pasarme horas escuchando un lenguaje desconocido, lleno de terminología incomprensible? Las he pasado. Me ha dado igual. No he entendido la mitad de los diálogos entre los personajes, ni siquiera sé si lo que decían era o no verosímil o cierto. Supongo que sí, porque no me parece que la calidad de la serie sea compatible con unos guiones que prescindan de un cierto rigor en su hilo conductor. Pero si lo que les echa para atrás es que tienen aún problemas para reiniciar su ordenador, créanme, las recompensas de esta serie son infinitamente superiores a los momentos de quedarse con cara de Homer viendo Twin Peaks.

OJO, no digo que la serie sea perfecta. No lo es. La primera temporada, por ejemplo, siendo notable, es un poco coja y con sus errores. El mayor, quizá, sea intentar ser, como me advirtieron sagazmente otros espectadores, una suerte de Mad Men ochentera. Esto era singularmente claro en el personaje de Joe, en el que la influencia del Don Draper de los primeros años de la monumental serie de Matthew Weiner era clamorosa, en especial en la parte menos interesante de Draper, su misterioso pasado. Y parafraseando al grandérrimo Bert Cooper, a quién le importa un carajo quiénes sean en realidad cualquiera de ellos.

EXISTIENDO defectos y decisiones discutibles en cada temporada, cada una es superior a la anterior. La primera, la más floja, es de notable alto. La progresión de la serie es geométrica, cada temporada es el doble de buena que la antecedente. Así que calculen cómo acaba. La matrícula de honor queda corta. Es una serie que se ensancha, que crece, que se agiganta de modo clamoroso. Es algo no tan frecuente, aun en las series de calidad, un crecimiento tan extraordinario. Los Soprano o The Wire son magníficas, pero la calidad es similar de año a año. Quizá sólo Breaking Bad sea comparable en este sentido a Halt and Catch Fire, en su manera de sorprendernos demostrando que aún no hemos visto, en absoluto, todo de lo que es capaz. Claro que las andanzas de Hesienberg poco más en común tienen con las de este grupo de informáticos.

EL ritmo de la serie es prodigioso y el uso de la elipsis, de sacarse el sombrero. Pocas veces he visto un empleo tan inteligente de los planos-secuencia o de los mutis implícitos para que, tras varios episodios dedicados a escasos días, meses o años pasen ante nosotros en segundos, debiendo el espectador no despistarse, porque se le presupone atento e inteligente. Cambiando el contexto y cambiando las vida de los personajes. Que sin embargo, siguen siendo ellos, los que conocemos y queremos.

Y aquí llegamos al meollo de la serie. A su enorme fuerza. Los personajes y sus vínculos. Porque Halt and Catch Fire no es una serie sobre máquinas, sino sobre seres humanos. Y su genio es la extraordinaria habilidad con la que logra entrelazar a los protagonistas entre sí y con el espectador. Un amigo mío me indicó, con gran penetración, que sólo The Leftovers logra establecer un vínculo emocional similar entre personajes y público. Sólo así se explica que al acabar el séptimo episodio de la cuarta temporada, quede uno en silencio y no pueda ver el octavo hasta pasados unos días.

CAMERON. Donna. Gordon. Bos. Joe. Este quinteto es el secreto de la serie. Alrededor de ellos hay una colección de secundarios en su mayoría excelentes. Los chicos de Mutiny. Tom, que tiene un arco muy humano y creíble precisamente, aun cuando sea un poco triste, porque al final se comporta como un imbécil. La inteligente Diane. Joanie y Haley, terciarias sin mucho interés cuando eran niñas, pero magníficas, tanto una como otra, al alcanzar la adolescencia, y que tienen no poco mérito en la brillantez de las dos últimas temporadas. La pobre Katie, a la que se trata con una merecida aunque inusual ternura en su despedida.

LOS hay fallidos. Y son los secundarios enlazados con Joe los que no están a la altura. El padre lejano, olvidable por completo. La prometida y el posible suegro, que nunca terminaron de encajar, pese a que a éste último lo encarnaba James Cromwell, sobre cuyos poderes de actuación nada hay que comentar. Ryan, el cansino genio incomprendido, cuyo monólogo de ultratumba al final de la tercera temporada, una mezcla de profecías y clichés en absoluto creíble ni consistente, fue uno de los escasos momentos en los que torcí el gesto, decepcionado.

Y es Joe el personaje principal menos satisfactorio. Esto en parte es inevitable dado que si la serie basa, como considero, buena parte de su fuerza, en lo emocional, lógico resulta que el personaje que durante más tiempo se nos vende como carente de auténticas emociones sea el más problemático. Admito mi disgusto con Joe. Parte de este viene de Lee Pace, quien nunca ha sido santo de mi devoción, nunca acaba de gustarme, aunque admito que no es mal actor en absoluto y que tanto en esta serie como en la injustamente poco conocida “Pusing Daisies” tiene destellos. Joe, frío, enigmático, manipulador, charlatán y con una proteica capacidad para reinventarse, sobre el papel, es un tipo que me gusta y, sin embargo, se me hizo bastante tedioso al menos la mitad de la serie. Cumple durante bastante tiempo un ambiguo papel de héroe-villano y sus relaciones con Gordon y Cameron son siempre tensas, mezclándose el amor, la amistad y la duda de si en efecto a Joe le importa algo alguien o todo el mundo es para él una simple marioneta o una herramienta. En las primeras temporadas, diría, esta segunda interpretación tiene bastantes argumentos a su favor, en especial en lo que a Gordon se refiere. Normal resulta que Donna lo cale y no lo soporte. Pero también es verdad que los cambios y mudanzas de Joe le llevan a una cuarta temporada donde los años de contacto humano han hecho mella y ha forjado un vínculo con sus colaboradores, amigos y amante. Con todo y con eso, siempre es quien más ajeno resulta. Me parece, de hecho, que la ultimísima escena de la serie es un fallo y que ese desenlace feliz y un poco sorprendente para Joe, aunque no sin sentido, es una debilidad de guionista; más coherente hubiera sido dejar por completo sin responder la pregunta de qué había sido de Joe al desaparecer, una vez más, de la vida de los otros.

HAROLD Bloom, estudiando El rey Lear, escribe acerca de Cordelia, Lear, Edgar y Gloucester: “Hay amor, y sólo amor, entre estos cuatro personajes y, sin embargo, hay tragedia, y sólo tragedia, entre ellos”. Por cierto que Halt and Catch Fire no es la oscurísima obra de Shakespeare e, igual que Joe no es Edmund, los demás protagonistas tampoco son los desventurados padres e hijos a los que se refiere Bloom. No obstante, hay no poco de esa cita que pueda aplicarse a las relaciones entre Gordon y Donna, entre Gordon y Cameron y, sobre todo, entre Cameron y Donna. Bos queda algo más a salvo, aunque sólo un tanto.

LAS interacciones entre estos cuatro son el centro radiante y doloroso de la serie. Gordon y Cameron, enlazados al principio por Joe, desarrollan su propia relación. Primero, como rivales: el artesano disciplinado y la libérrima artista, tan sólido uno como caótica otra. Luego, siendo Donna esta vez quien sirve de nexo, la relación cambia, deja de ser profesional para volverse personal y, no sin muchas aristas, vemos crecer una amistad peculiar y sincera entre ellos, gracias a las muchas horas pasadas con una videoconsola Nintendo.

BOS fue para mí una de las mayores y mejores sorpresas de la serie. Toby Huss, quien ya había demostrado en Carnivàle (una de mis series de culto) lo mucho que podía sacar de un personaje terreno y muy alejado del centro de la trama, hace virguerías con su rol aquí. ¡Lo fácil que hubiera sido presentar a John Bosworth como un mediocre empresario tejano analfabeto en cuestiones informáticas, una caricatura de la que burlarse! Y qué va. Qué tipo estupendo, humano, imperfecto y entrañable resulta. Y qué maravillosa relación paternofilial tienen Cameron y él, una de las más conmovedoras y limpias de la serie, desde esa primera conversación en el despacho de Bos al abrazo final, pasando por la correspondencia carcelaria, el alejamiento y la reconciliación.

¿Y el matrimonio de Donna y Gordon? Hablaré de Donna dentro de nada, porque es mi personaje favorito. Pero creo que el matrimonio Clark es uno de los mejores de la pantalla pequeña, mostrándonos lo bueno, lo malo, las frustraciones, las discusiones, los desecuentros, el amor, la complicidad y, lo cual no tiene escaso mérito, su final y lo que viene después, con una reconciliación que se desvanece por una falta de sincronía entre una pregunta apenas hecha y una respuesta que no llega (esta serie es muy, muy sutil y hábil con los tiempos y las oportunidades que se agarran o que se dejan) y una cuasi amistad tras el divorcio. Testigos de lo que les ha ido sucediendo, no culpamos a ninguno y deseamos lo mejor a ambos. Porque los seres humanos, se empeña Halt and Catch Fire, no son binarios, y aunque sean un tanto estúpidos en general no son tan simples.

ME van a permitir que hable de la muerte de Gordon unas líneas. No sé qué tipo de destino como personaje es que la muerte sea lo más memorable. Gordon es un gran personaje y Scoot McNairy hizo un excelente trabajo. No le quito méritos. Ahora bien, la muerte de Gordon es una de las mejores que he visto en televisión. Es de una habilidad y un realismo tal que casi olfatearía sadismo en los guionistas. Porque nos habían avisado, hacía mucho. La enfermedad estaba allí, agazapada. Gordon, con entereza, había logrado arrostrar su situación, aferrase a la vida, no descarrilar. Tan bien que, pese a desmayos y agarrotamientos, tanto nosotros como él olvidábamos a veces al gusano que tenía dentro. Hasta esa secuencia asombrosa, ese recuerdo onírico, esa alucinación realista, heraldo de lo que llegaba, de la implacable luz roja. Y vivimos, estremecidos, los minutos de silencio más resonantes de la serie.

Y Donna. Donna es la joya de la serie y Kerry Bishé es fantástica. Frente a los que parecían iban a ser los protagonistas absolutos, Joe, Gordon, Cameron, allí se alzó ella. Una vez más, qué fácil hubiera sido haber escrito una Donna insufrible, arquetípica, negativa. Y qué mujer se nos dio en cambio, compleja, inteligente e imperfecta. Por supuesto, es ella la que tiene la genial intuición de la importancia de al Comunidad, cuando a su alrededor sólo se discute sobre la calidad técnica de los videojuegos. Creativa como Gordon, es la roca de la familia. Sacrificando los sueños de primera juventud para sacar adelante a su familia, sin que eso la convierta en una resentida como el Gordon que conocemos al inicio. Equilibrada entre la cautela y el entusiasmo. Demasiado lista para dejarse engatusar por Joe y capaz de otear la oportunidad de cambio. Haciendo malabares para que cada faceta de su vida no devore las demás. Donna es la única que no tiene momentos inaguantables en las temporadas primera y segunda y, en realidad, debería haber dado un par de bofetadas a cada uno de los tres supuestos protagonistas en más de una ocasión.

QUÉ brillante, su relación con Cameron, toda ella, desde el desconcierto al inicio, a la alianza y la amistad íntima, una amistad que tenía en sí el germen de su destrucción, por las imperfecciones humanas, la incapacidad de Cameron de comprender que la pragmática Donna también era una creadora y tenía su orgullo, que no quería ser una sirviente anónima que necesitaba también reconocimiento, la incapacidad de Donna de sincerarse con Cameron, salvo con una alucinación en un viaje de drogas. El choque y la ruptura, la más traumática de todas. Y, pese a ella, claro que es Donna la única capaz de acabar el videojuego de Cameron. ¿Quién si no? Me hizo muy poca gracia su época yuppie. Puedo entender esa parte en el arco del personaje, pero por mucho que se suponga que es su momento de triunfo profesional y poderío, en verdad Donna me parecía mucho más grande en Mutiny. Y no creo estar muy errado cuando la misma serie nos da un atisbo de la Donna de Mutiny en la gran empresa, casi al final. Y, oh, oh, esa escena fija maravillosa en la que, en tres minutos, asistimos al nacimiento, vida y muerte de “Phoenix” y a la resurrección definitiva de la amistad entre ellas. Que tiene su broche de oro en la conversación inaudible, Donna explicando su idea a Cameron y Cameron sonriendo. No sé qué idea era, pero, maldita sea, adelante.

PORQUE esta serie, en fin, es una serie sobre la vida, sobre individuos que, con el tiempo que se les ha concedido, se empeñan en crear y trabajar, en conocerse a sí mismos y a otros, en amar pese al dolor, en fracasar, en llegar tarde por un segundo a las puertas de la Historia, en volver a intentarlo y en perseguir esa ilusión etérea que llamamos felicidad, que vuela ante nuestros ojos como los cohetes de Haley en un radiante día de verano.

enero 31, 2021

«Devs»: ni en el cielo ni en la tierra

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:14 am
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Me temo que hoy adoptaré el rol de leal oposición. Porque “Devs”, miniserie producida por FX, que pueden ver ustedes en HBO, creada por Alex Garland, la cual empecé a ver con curiosidad y grandes esperanzas me ha chasqueado. No la condeno a las tinieblas exteriores. Tiene virtudes y puntos de considerable interés. Sin embargo, tampoco les animo encarecidamente a verla. Es, en mi opinión, una obra ambiciosa que no ha calculado sus propias fuerzas.

En esta crítica habrá ciertos destripes, les aviso desde ya.

“Devs” tiene dos series dentro. Es una obra de ciencia ficción que contiene un thriller y una reflexión cosmológica. Esto no es algo particularmente novedoso ni extraño. Muchas obras de ciencia ficción hacen algo muy similar. Algunas se inclinan más por lado del entretenimiento y otras por el lado sesudo. Cuando se hace bien, cualquier opción me parece legítima y digna de mérito. “Devs”, que sin duda alguna se inclina por el lado sesudo, estira el thriller cuando éste ya ha cumplido su función introductoria. Y no sabe rematar ni una serie ni la otra.

El lado de thriller es el que ocupa el grueso de los primeros capítulos. Lily, la protagonista, trabaja para una empresa tecnológica avanzadísima, “Amaya”. También su novio, Sergei, quien es ascendido a la división más secreta de la empresa, “Devs”. Allí, Sergei ve algo, no sabemos qué, que le aterra hasta el pánico. Algo que intenta robar. Y fracasa, siendo asesinado en el proceso. Asesinato que la empresa presenta como un suicidio. Pero Lily no está convencida y decide investigar.

Estos primeros episodios son en general entretenidos y en los mismos se dejan caer migas metafísicas suficientes para que entendamos que es una fachada para el meollo de la obra, que nos será revelada más adelante. Pero la serie, considero, no sabe llevar a cabo la transición de la fachada al interior, de modo que el thriller sigue dando coletazos cuando ya debería estar disecado. Y coletazos, además, tan previsibles como tontos.

El gran problema del thriller mundano es que el espectador sabe el secreto inicial mucho antes que Lily. Sabemos quién ha matado a Sergei y sabemos por qué. Bien, de acuerdo, no sabemos qué demonios trataba de robar Sergei, pero sabemos que lo han matado para proteger un secreto. En un thriller eso basta: el secreto puede ser un mero macguffin. Con lo cual, contemplar cómo Lily trata de desentrañar el aparente suicidio de su novio es bastante tedioso, hasta que por fin decide pasar al Verdadero Secreto de la serie, esto es, qué cuernos hacen en Devs.

Antes tratan, sí, de darnos un hueso más jugoso con la aparición de los servicios secretos rusos, para los que Sergei trabajaba. Pero el controlador ruso no dura demasiado más que su agente y toda esa parte es dejada de lado muy rápidamente. Los rusos hacen mutis por el foro. O casi. Cuando reaparecen es para que “Devs” dé vergüenza ajena. Durante casi toda la serie estuve esperando contra toda esperanza que el sin techo afincado en el portal de Lily fuera eso, un simple vagabundo. Pero no, claro que no. Su revelación, como agente secreto ruso y deus ex machina en pequeño, salvando a la heroína de una muerte segura fue un tanto insultante. Y encima, carece de cualquier sentido. ¿Por qué los rusos querían a Lily como reemplazo de Sergei hasta que el controlador pasa a mejor vida? ¿Ha perdido su utilidad por esa muerte? Y si ha perdido la utilidad, ¿para qué vigilarla? Y, si no la ha perdido, ¿por qué vigilarla pero no protegerla? Y, si no hay que protegerla, ¿por qué diantres el vagabundo desobedece sus órdenes y la salva? Es ridículo.

En este plano de la serie, el antagonista principal y uno de los motivos por la que la parte central de la serie no se me hizo cuesta arriba es Kenton, el jefe de seguridad de “Amaya”. Zach Grenier (el cínico y estupendo David Lee de “The Good Wife” y “The Good Fight”) lleva el papel con dignidad. Logra ser amenazador llevando un polo corporativo, lo cual no es poco mérito. La escena en el baño con Jaime, el cansino ex novio de Lily, es una de las pocas en las que la tensión que esta parte de la serie debería haber sido capaz de generar más a menudo se logra en efecto. Sin embargo, la serie no sabe qué hacer con el personaje, llegado a un cierto punto; pese a haber sembrado un posible conflicto entre Kenton y su jefe, Forest, desde el principio, ya que Kenton, terrenal de los pies a la cabeza, no entiende nada de lo que hace aquel ni sus porqués. Así, parecía que se iba a convertir en un tercero en discordia, ni con Lily ni con Forest y su camarilla. Pues no: lo despachan (por fortuna se pudo llevar por delante a Jaime) y la serie se despide, muy torpemente, de su faceta pseudo “Los tres días del cóndor”.

Todo esto me molestaría un tanto (creo que el thriller merece cierto respeto: si vas a tejer uno, aunque sea de disfraz para lo filosófico, cóselo bien) pero no sería muy grave si la parte profunda de la serie funcionase. Porque en “Devs” importa lo profundo, no lo aparente. La muerte de Sergei es una excusa para llevar a Lily al mundo oculto de Forest. Lo que ocurre es que esta parte de la serie tampoco funciona.

Y es una pena, porque plantea cuestiones muy hondas. La vieja cuestión del libre albedrío frente a la rígida predestinación, con Forest y los suyos siendo una suerte de dominicos prebisterianos tecnológicos. Por desgracia, “Devs” presenta la cuestión de forma demasiado dictotómica, sin matiz alguno y, además, la desarrolla muy pobremente. Admito que no estoy versado en las diferentes teorías y teoremas que con desparpajo citan los personajes. Mi cara en esos momentos era la de un habitante de Mundodisco cuando se menciona la cuántica. Ello es un cargo más contra la serie: si el espectador no puede entenderla sin un par de doctorados en física, mal vamos. Y si no es necesario, entonces la serie está siendo pretenciosa y tramposa, como un cura ignorante chapurreando latín ante campesinos para fingir que sabe de lo que habla.

Sí, es cierto, en algunos momentos la serie baja al barro, con los plebeyos, y nos explica alguna cosa. Poco y mal. La conversación, por ejemplo, entre Lily y Katie en la cocina, podría haber sido un momento cumbre. Es un diálogo pobre y simplón, que me recordó dolorosamente a la cháchara insustancial de las secuelas de “The Matrix”. Y encima intercalando el otro diálogo, entre Jaime y Forest, que sólo los extraordinarios poderes interpretativos de Nick Offerman lograba salvar de la irrelevancia más absoluta.

Dicho sea de paso: cuando descubrimos el secreto de Devs la reacción aterrada de Sergei no tiene sentido alguno. Para una tal reacción Sergei debería haber sido una mente de enorme sensibilidad, porque el horror cósmico es tan enorme que resulta abstracto. No me creo que un espía industrial sufra semejante conmoción y, en retrospectiva, ese momento me parece un truco para engarfiar la atención del espectador. O sea, una estafa. Mucho más creíble y humana es la escena en la que los desarrolladores toman cierta conciencia de las implicaciones de su trabajo y sienten una incomodidad que se acerca a un miedo indefinido ante el que huyen, cerrando los ojos, salvo Stewart, lúcido y pasivo.

Son Forest y sus tres seguidores más cercanos los que casi salvan la miniserie. Nick Offerman es un grandísimo actor. Tiene en su haber algunos personajes icónicos, siendo Ron Swanson el mayor de ellos. Lograr que un espectador que adora ese personaje y la serie en la que existe se olvide pro completo de Pawnee y del Departamento de Parques y Jardines al ver a Foster tiene mucho mérito. Offerman lo logra y tiene tal gravitas que alcanza casi a arreglarlo todo, incluso el chiste final con el título de la serie, en el que resoplé hasta casi escupir los pulmones.

Forest es, con mucho, el personaje más interesante de la serie. Es el Mago de Oz. Es el malvado pragmático de la serie y seguramente también el moral. Como buen antagonista, es mucho más carismático que la heroína, pero, además, logra la serie que el espectador sufra con él. Su pérdida es atroz y los momentos en que el hondo dolor de Forest aflora son proezas interpretativas de Offerman. La serie se resiste a explicarnos qué es exactamente lo que ansía Forest con su investigación. Durante un tiempo, sobre todo tras la extraordinaria secuencia en la que nos muestran a la vez lo que sucedió a su familia con lo que pudo suceder o tal vez sucedió en otro lugar, consideré que el motor del personaje era la culpa; que la obsesión de Forest por un universo único, rígido, inexorable, en el que hasta el último cabello no sólo está contado sino que es inevitable que se mueva medio milímetro a la izquierda en este preciso instante, era una búsqueda retorcida de absolución. Porque si todo, hasta lo más nimio, está previsto desde el inicio de los tiempos, si todo es parte de una exacta, fría, impasible maquinaria, entonces no hay libertad alguna, ni siquiera relativa o limitada. Y si no hay libertad alguna no hay responsabilidad alguna y Forest, pues, no tiene culpa de lo que sucedió ese día fatal.

La serie en parte expone de forma casi explícita este motivo en una conversación entre Katie y Forest. Las motivaciones de éste son más seductoras cuando vemos que trata de reencontrarse con su hija, negando que haya diferencia entre realidad y simulación. La motivación es lo bastante potente para que perdone que no se explore ni un poco esta fascinante cuestión.

Los tres seguidores de Forest son secundarios interesantes: Lyndon, que rechaza la riqueza y la juventud en su afán por el conocimiento; el reposado y sabio Stewart, único que se empeña en aunar arte, humanismo y ciencia, cada vez más dubitativo ante la ensoñación fanática de Forest; Katie, la brillante discípula, la discípula tan amada y tan amante, hierática y tierna. Oh, si la serie se hubiera centrado en ellos, qué gran obra podría haber sido “Devs”. Quizá más breve, pero mucho más enjundiosa. Oh, que la voz de Stewart recitando poseía hubiera sonado más, en debates vibrantes con Lyndon o con el mismo Forest. Oh, si la historia de amor entre Katie y Forest se hubiera presentado de forma cuidadosa, con todas las implicaciones que la misma tiene. Oh, qué gran serie podríamos haber tenido.

Pero no. Tuvimos que seguir a Lily. Y Lily me provocó una profunda indiferencia toda la serie. Qué mala me pareció la actuación de Sonoya Mizuno. Qué tediosa, la relación conJaime (qué personaje más sin sustancia). No me importaba nada de lo que hacía ni el por qué. De hecho, no tengo claro por qué hace casi nada de lo que hace. Al principio, parece, por Sergei. Luego, en parte, para que no la maten. Pero, cuando la cosa se pone filosófica, Lily, supuesta abanderada del libre albedrío, actúa como una autómata obtusa hasta que en el último momento resulta que no, epa, era todo engañifa, toma una decisión. Vaya dos capítulos finales, les comento. Qué duelo entre libertad y determinismo más pobre, más ramplón. Qué giro final, ambiguo entre una posición y otra, que hubiera podido funcionar, si para esas alturas no hubiera estado mirando el reloj, ansiado que acabase de una vez todo. Qué epílogo con ínfulas de trascendencia. “Futurama” desarrolló mil veces mejor ideas que hay en esta serie, en mucho menos tiempo, en ese memorable episodio de las cajas que contienen los diferentes universos.

Las mayores virtudes de la serie son estéticas. Ahí no le regateo elogios. Es una serie preciosista y muy bien rodada. Hay secuencias, escenas y planos hermosísimos. E inquietantes. Sólo en “Hannibal” he visto alardes estéticos comparables, aunque mucho más carnales que la glacial belleza de “Devs”. Ese bosque de pilares refulgentes, esa tumba o tabernáculo que es el laboratorio de Devs desde el exterior y ese laberinto de cristal, acero y oro que es su interior. Y esa niña colosal y omnipresente, alzándose sobre los árboles y los humanos…

Igualmente, las escenas de múltiples realidades a la vez son muy interesantes y están muy bien filmadas. Y preparan el terreno para la implacable escena de la presa, que también daría para un largo debate entre deterministas y no deterministas. ¿Es Katie culpable de algo, desde una u otra perspectiva?

No hay un gramo de humor en toda la serie, por desgracia. Sospecho que hay una cierta idea tras esta carencia, que el humor es incompatible con la profundidad o las grandes cuestiones de la existencia. Lo cual me parece risible. De hecho, «Devs» hubiera mejorado en algunas escenas si hubieran tenido a Chidi monologando sobre sus implicaciones morales bajo la socarrona y amable mirada de Eleanor y Michael.

En “La Misión” el irónico representante portugués, el señor Hontar, dice al cardenal: “Eminencia, con un noble fracaso hubierais obtenido el aplauso de todos”. Un noble fracaso, es “Devs”. Una apuesta arriesgada y ambiciosa que no ha resultado ganadora. Mis respetos, tiene. Pero no mis aplausos.

enero 23, 2021

Todos los derechos de la tierra

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 11:23 am

CONSIDEREMOS a unos amigos. Los Delaney, como les llamaría Mr Groucho Marx. Los Delaney compran a una empresa un mueble que es justo, consideran, lo que dará ambiente a una habitación. Podrían haber comprado una alfombra para eso, que hubiera sido lo propio, pero no: ellos quieren ese mueble. El mueble tiene unas puertas acristaladas. Pero, oh, fatalidad, uno de los cristales llega rajado. Los Delaney llaman a la empresa, la empresa sonríe, no habrá problema, en un par de días mandan un repuesto. Pasan los días. El cristal nuevo no llega. Las llamadas de los Delaney se suceden, las sonrisas de la empresa se vuelven más tensas. Envía una pieza que no es un cristal. Envía alguien a mirar el cristal que está mal. El cristal debería estar llegando. El cristal debería haber llegado. El cristal empieza a parecer un tesoro legendario, guardado en una fortaleza, vigilado por siete dragones, bajo siete candados, tras siete ríos. Finalmente, el cristal, tras un año, llega. Resulta que han encontrado en stock el cristal. En un almacén. Donde lo tenían desde la primera llamada de los Delaney.

ESTA es una historia ordinaria con final medio feliz. Ahora supongamos que la empresa simplemente se hubiera desentendido. Que hubiera dejado de contestar las llamadas. Que no respondiera a los correos electrónicos. Los Delany podrían haber sucumbido a las seducciones de la acción directa y plantarse en las oficinas de la empresa con armas de asalto. Pero los Delaney hubieran resistido. Les hubieran quedado dos opciones: encogerse de hombros y maldecir a la empresa ante una copa de vino. O ir a los tribunales. Con casi absoluta certeza, hubieran elegido el vino.

EN estas muy imperfectas sociedades nuestras, desde hace milenios, la idea de que los pleitos entre las partes debían resolverse mediante argumentos basados en leyes, con un tercero sin interés en la cuestión, antes que mediante un más directo y contundente intercambio de opiniones con estacas ha sido una constante. Los sistemas han ido cambiando, las sociedades, en muchos sentidos han mejorado. La idea básica permanece.

DEJEMOS de lado un debate histórico y filosófico, de sistemas comparados y utopías diversas. Asumamos, en estas líneas, lo que se llama Estado democrático y socio-liberal de Derecho como algo que más o menos existe y en el que más o menos vivimos. Este Estado incluye la idea de la resolución de conflictos de modo ordenado y, en última instancia, ante los que llama Tribunales de Justicia. Pero para que esa idea funcione hace falta cumplir muchas condiciones. Y varias de ellas parecen tan tontas y ordinarias que se pasan por alto en el debate público.

HACE falta que los ciudadanos tengan un conocimiento mínimo de sus derechos. ¿De qué sirve tener derechos, si uno desconoce su existencia? Hace falta que los ciudadanos puedan recibir consejo de individuos que tengan algo más que un conocimiento mínimo de esos derechos. Hace falta que los ciudadanos puedan presentar sus reclamaciones ante los tribunales. Hace falta que los ciudadanos puedan responder a las reclamaciones que se les haga. Y hace falta que los tribunales puedan decidir, en un tiempo razonablemente breve, con la atención que cada caso merezca.

NOTEN que no he entrado, ni voy a hacerlo, a discutir sistemas específicos ni mucho menos leyes específicas ni casos concretos, ni los errores ni fallos que pueden darse en ellos. Porque esto que digo es incluso más básico. Puede una sociedad tener el sistema político más perfecto que queramos, las leyes más equilibradas, las declaraciones de derechos más avanzadas y dignas. ¿De qué sirven si no se pueden aplicar?

HISTÓRICAMENTE, cada gran avance en las libertades y en los derechos de las personas se ha plasmado en algún tipo de ley. Los derechos individuales y los sociales. Los de los ciudadanos. Los de los trabajadores. Los de las mujeres. Los de los niños. Los de las minorías raciales. Los del colectivo LGTBI.

PERO ante cada solemne declaración en una Constitución o un Tratado, en cada flamante artículo en una ley, la cínica máxima del conde Romanones (cita que leva mucho el nivel de la villanía política española) espera: “Hagan ustedes las leyes y déjenme a mí los reglamentos”. Si uno no sabe que tiene un derecho, no lo ejercitará. Si no sabe cómo reclamarlo, no lo ejercitará. Si sabe que lo tiene y cómo y ante quién ejercitarlo, pero no puede acceder al sistema judicial o el tribunal que se supone debe resolver no puede hacerlo o no podrá hacerlo hasta dentro de muchos años, muchos ciudadanos pensarán para qué molestarse.

Y si una empresa ve que otra ignora sistemáticamente los derechos de sus trabajadores, los trata como carne de cañón y nada le ocurre, la imitará. Si una compañía telefónica, un banco o una aerolínea, trata a sus clientes como ganado o les toma el pelo como a idiotas y nada le ocurre, el resto harán lo mismo. Si un propietario se aprovecha de sus inquilinos y nada le ocurre, todos los propietarios se aprovecharán de todos los inquilinos. Etcétera.

NO vivimos en ninguna sociedad donde el mero sentido común nos vuelve santos, como diría Santo Tomás Moro (Sir Thomas More para sus coetáneos). Vivimos en sociedades de precario equilibrio donde, en parte, el respeto a los derechos ajenos viene de saber que puede haber consecuencias si pisoteamos esos derechos.

PERO esto, claro, implica dinero: dinero para los Tribunales, para su personal, para que haya suficientes jueces lo suficientemente dotados de medios para que puedan hacer su trabajo en condiciones dignas, en plazos sensatos, con la debida atención, para asegurar ayuda y asistencia legal a aquellos que no pueden permitirse tener en nómina un par de despachos de abogados. Y no poner trabas y más trabas al acceso al sistema. Y esto no es un lujo. No es una frivolidad. Es esencial.

EL Tribunal Supremo de Reino Unido, al analizar el sistema de fianzas que el gobierno británico había establecido para el acceso a la justicia (“the Fees Order”) y concluir que no era legal, lo expuso con claridad. Lord Reed escribió lo siguiente (traduzco directamente el extracto, que he encontrado en el libro Fake Law del anónimo “The Secret Barrister”; pido perdón por posibles errores):

“EN el corazón del concepto del imperio de la ley está la idea de que la ley rige la sociedad. El Parlamento existe principalmente a fin de legislar para la sociedad de su país. Los sistemas democráticos existen principalmente a fin de asegurar que el Parlamento que legisla esté formado por parlamentarios que sean elegidos por el pueblo del país y que sean responsables ante él. Los tribunales existen a fin de asegurar que las leyes hechas en el Parlamento, y el common law formado por los mismos tribunales, sean aplicadas y hechas cumplir. Ese papel incluye asegurar que el ejecutivo lleve a cabo sus funciones de acuerdo con la ley. A fin de que los tribunales puedan cumplir ese papel, el pueblo, en principio, debe tener acceso sin trabas a los mismos. Sin tal acceso, las leyes se convertirían en letra muerta, el trabajo del Parlamento sería irrelevante y la democrática elección de los parlamentarios se convertiría en una charada sin sentido. Es por ello que los tribunales prestan un servicio público diferente al resto.”

TODOS podemos ser consumidores o trabajadores cuyos derechos no se repsetan, individuos cuyas libertades sean despreciadas por individuos, corporaciones o gobiernos, podemos ser víctimas de un delito, podemos ser acusados de un delito y podemos, simplemente, que si alguien se compromete a traernos un mueble con cristales, los cristales no estén rotos.

EN el muy citado, siempre en el equivocado contexto de una boda, pasaje de la Primera Carta a los Corintios, San Pablo, quien tenía sus momentos buenos, escribió aquello de que “aunque hable las lenguas de los hombres y los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe”. Pues si las leyes establecen todos los derechos de esta tierra pero no hay ante quién ejercitarlos, no son más que papel mojado, letra muerta, pura ilusión para engañar a los imbéciles.

enero 6, 2021

De vuelta en Trolberg

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:16 am
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NO voy a fingir que no sentía añoranza por las murallas de Trolberg y lo que hay tras ellas y ante ellas. Así que volver a cruzarlas, en un sentido u otro, ha sido un auténtico placer, siguiendo a la niña de pelo azul y a sus amigos en sus aventuras, sea por aire, mar o subterráneo. “Hilda” ha presentado su segunda temporada y ni un capítulo acabó sin que un servidor de ustedes sonriese. De modo diferente a como suele sonreír. Esta condenada cría no da margen para la perfidia.

SI este comentario de la segunda temporada se limitara a dar unas pinceladas generales del tono, color y timbre de la serie, sería bastante reiterativo. En esencia, la segunda temporada tiene todas las virtudes de la primera, de la que ya hablamos. Sigue siendo una delicia, una serie simpática, alegre, amabilísima. Conste que lo digo como alabanza. Voy, por tanto, a tener que destriparles algo. No demasiado, espero.

“HILDA” sigue siendo una serie episódica. Todos los capítulos tienen su propio argumento y casi todos acaban cerrándolo. Sin embargo, en esta temporada más que en la anterior, en buena parte de los mismos algo ocurre que tiene consecuencias en uno futuro o, directamente, como en los episodios “Las viejas campanas de Trolberg” y “La bestia de la Isla Caldero”, uno causa el subsiguiente. Y hay dos vagos arcos argumentales que sostienen toda la temporada.

SI bien en la primera era la mudanza de Hilda y Johanna a Trolberg y su adaptación lo que venía a servir de hilo de plata, aquí, considero, el hilo se divide y, hasta cierto punto, se deshilacha.

POR un lado, el arco argumental más claro viene dado por un personaje nuevo, el pomposo Erik Ahlberg, Jefe de la Patrulla de Seguridad de Trolberg. Ahlberg es lo más cercano a un antagonista recurrente en la temporada. Charlatán pagado de sí mismo, sus políticas de seguridad sirven como motor de la primera mitad de la temporada. Tonto, testarudo, demagogo, empeñado en aplicar soluciones simples a problemas que no comprende, es un retrato poco amable de un político populista y torpe. Como en esta serie el Mal tiene casi siempre su origen en la ignorancia, Ahlberg, un mediocre con capa, es, pragmáticamnte, el malvado principal de la serie, al causar o empeorar buena parte de los conflictos. En algún momento pensé yo que iba a provocar un oscurecimiento de la serie, porque hay ribetes de estado policial en su actitud, pero “Hilda” se mantiene fiel a sí misma y a su bondad. Ahlberg es una figura más ridícula que peligrosa y en el último capítulo recibe el trato merecido, al tiempo que su hasta entonces leal mano derecha ya parece haber aguantado bastante de un tipo que ni sirve ni protege.

PERO el arco de Ahlberg era también al arco de los trols. De las criaturas mágicas de la serie, los trols son los más citados y los que más veces aparecen. En el primer episodio de esta temporada se indica con preocupación que los lugareños cada vez ven más y cada vez más osados, acercándose más y más a las murallas. Es esto lo que da la oportunidad a Ahlberg de iniciar su carrera pública, buscando un conflicto que le permita pasar a la Historia, siguiendo los pasos de su ilustre antecesor. Y, sin embargo, aun cuando la creciente actividad trol es palpable hasta el último episodio, no se da ninguna razón para ella, es un misterio que se deja sin resolver y que, de hecho, Hilda y sus camaradas, tan de investigar todo, dejan de lado una y otra vez. Es posible que, visto el cliffhanger de manual con el cual acaba la temporada, sea un misterio que se reserve para la tercera temporada. Con todo, el hilo de plata se volvió aquí un hilo rojo del tejido.

EL segundo arco es, más que un arco, un cambio sutil respecto de la despreocupada alegría de la primera temporada. Las aventuras de Hilda empiezan a pasarle factura. Y quien se ve obligada a cobrarla no es otra que Johanna. La madre de Hilda es un espléndido personaje y no deja de serlo porque entre en conflicto con su hija. Siendo que en este tipo de series todo cuanto se opone al protagonista es casi siempre negativo y siendo Hilda una protagonista muy apreciable, es un movimiento inteligente de la serie que choque con otro personaje positivo. La excelente relación de madre e hija se va enturbiando. Y si bien, como aventureros que somos, queremos que Hilda se sumerja en el vientre de un espíritu acuático o haga carreras náuticas con muertos vivientes, comprendemos la preocupación y el dolor de Johanna, que es dejada de lado una y otra vez, que no sabe nada de lo que hace su hija y por cuya seguridad sufre sinceramente. El conflicto entre una y otra, sin excesos, permite que llegar a un estupendo último capítulo en el que Johanna y Hilda comparten una aventura en la que su relación es clave.

ESTA pugna con su madre no es la única que Hilda tiene y, en verdad, es parte de un escenario más amplio: la serie se empeña en mostrar que las acciones tienen consecuencias y que no todo se soluciona por arte de magia (y esto es bastante literal en Trolberg y alrededores). Hilda mete la pata. Hilda miente. Hilda da por sentadas demasiadas cosas y a demasiada gente. Hilda cree que es la más lista del lugar. Y la serie le da unos cuantos correctivos. Es Frida, no ella, quien tiene aptitudes de bruja. En el hermoso capítulo octavo, aprende que jugar con el pasado no es buena idea y que para restablecer el orden alguien paga el precio (es, hasta cierto punto, el capítulo con implicaciones más oscuras de toda la serie; por cierto, no tan desastre como suelen ser los capítulos con viajes temporales). E incluso el fiel Twig, su ciervozorro, a punto está de abandonarnos. Por cierto que, aunque en modo alguno me disgusta que no sea así, me parece que la serie hubiera ganado enteros si, entre las lecciones agridulces que Hilda tiene que aprender, estuviera el de las despedidas de aquellos a quienes estimamos. El guión se repite con Alfur poco después, aun cuando con Twig el acento se pone en lo emocional, y con Alfur, en lo cómico. Los elfos siguen siendo una de las joyas de esta serie, por cierto: nunca fallan como generadores de chistes los individuos sin conciencia de su propia comicidad.

NO creo que sea casual, justo por todo lo que acabo de decir, que la serie se haya vuelto más coral. Hilda es, desde luego, la primus inter pares, pero cada personaje secundario tiene al menos un episodio dedicado y Hilda ha de ayudarles a ellos en sus cuitas y no sólo recibir ayuda. Frida y, menos, David, ganan galones. La bibliotecaria consigue un nombre, asciende de terciaria a secundaria y abre todo un mundo nuevo, el de las brujas, con estupendas terciarias y con posibilidades que, por la muestra que nos han dado, pueden ser muy grandes. El Hombre de Madera sigue en ese equilbrio perfecto de personaje que aparece de tanto en tanto, sin quemarse (lo siento) y siempre dejándonos con ganas de más humor sardónico y frases cínicas. Mi única queja sentida es que se sigue ninguneando al Rey Rata, que me parece una fuente de malicia, siniestra o cómica, por completo desaprovechada.

HILDA, con sus fallos, tiene un fondo radiante y generoso. Aprende y logra estar a la altura de las circunstancias. “Hilda”, igual. Es una serie sin ínfulas que logra que, en lo más crudo del crudo invierno de nuestras desventuras, sintamos la calidez que sólo da una buena taza de té junto al fuego y en excelente compañía. ¿Les parece poco?

diciembre 19, 2020

El pantano

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:52 pm
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El capitán Bellodi, al final de El día de la lechuza, tras mandar al diablo a Sicilia y a todo, atraviesa una Parma “hechizada de nieve, silenciosa, desierta”. Y el joven policía “[…] antes de llegar a su casa sabía, lúcidamente, que amaba Sicilia y que volvería”. No hay Bellodi en Gomorra y no me atrevo a decir que uno ame Nápoles mientras ve esta serie descarnada. Pero vuelve a esa ciudad laberíntica, temporada tras temporada.

No pretendo analizar con detalle exhaustivo esta serie televisiva basada en el libro de Roberto Saviano (libro, por cierto, que recuerdo con poco agrado, árido y enrevesado, que quizá debería revisar). ¿Les recomiendo verla? Sí, sin duda. De principio a final. A pesar de que, siendo toda ella muy sólida, creo que sus dos primeras temporadas son las mejores y luego se resiente.

Aun cuando sabía que iba a ver una serie criminal, sobre la Camorra y sobre sus redes, Gomorra me chocó por su aspereza. Episodio tras episodio, todo era feo, sucio, brutal, desesperado, hortera. Si al ver uno películas como la extraordinaria y completamente inexacta El Padrino cae seducido por la elegancia y la crueldad refinada de don Vito y don Michael o al ver Los Soprano el humor negro y los ojos tristes de James Gandolfini nos manipulan desde la llegada de los patos a la piscina hasta la bandeja de aros de cebolla, en Gomorra no hay donde refugiarse. No hay humor. No hay elegancia. No hay seducción. Hay un ojo implacable que muestra pobreza, miseria, violencia, dominio, terror, adicción y lucro.

Ese feísmo buscado es, desde mi punto de vista, una de las grandes bazas de la serie. Una bofetada a años y años de disfraces, máscaras y maquillajes. Un escupitajo a la tradición que se empeña en presentar al mafioso como el pirata romántico, como el bandolero admirable, como el antihéroe que quisiéramos ser, quizá. No. Aquí sólo hay una larga colección de cabrones sin escrúpulos. Y que no tienen las armas que el Mal suele tener en la ficción para que un servidor de ustedes se ponga decididamente del lado de las Tinieblas. Son mediocres, feos, brutales y ordinarios. Me cuesta creer que alguien pudiera tener ganas de pasar más de dos minutos en compañía de cualquiera de ellos. Son seres humanos cuya vida es la extorsión, el asesinato, el narcotráfico. Pero son seres humanos muy corrientes. Y eso los vuelve muy, muy inquietantes.

No es esto completo, sin embargo. La serie concede a sus dos grandes protagonistas, Gennaro Savastano y Ciro di Marzio, cierto carisma dramático que los vuelve menos comunes. Gennaro es sin duda el personaje central de la serie y su evolución, la más sorprendente. Si uno ve al Genny del primer epidodio y, saltándose toda la serie, ve al señor Savastano del último, queda ojiplático. Como dijo un amigo mío, es como ver a un jovencísimo Tony Soprano camino de hacerse con el control de su familia. O, pienso yo, como un Wilson Fisk napolitano y peor vestido, cuando aún no era el Señor del Grimen de Nueva York. Salvatore Esposito hace un papelón con este jabato bravucón y débil que se va oscureciendo hasta convertirse en un capo despiadado.

El personaje de Ciro, sobre el papel, me gustaba aún más. Ciro era el hijastro, el plebeyo con ansias de poder, una extraña mezcla de revolucionario y arribista. Una suerte de avatar de Fouché, Meñique y Steerpike en los suburbios napolitanos del siglo XXI. Frío, solitario, traicionero, pragmático, podría haber sido un villano entre villanos, con reminiscencias de Yago o Edmund, pero al actor (Marco D’Amore) creo que le venía grande el papel y no logró que me lo creyera del todo nunca; algo que me pasó ya, por ejemplo, con el personaje de Marlo en The Wire.

De hecho, creo que la serie no sabía muy bien qué hacer con Ciro y que incluso no llegó a entender del todo a su propia criatura, lo cual explica decisiones muy discutibles en, sobre todo, la tercera temporada. Por suerte, Gomorra había preparado una sustituta de altura con Patrizia, una trepadora espléndida con una actriz, Cristiana Dell’Anna, que supo exprimir cada gota del jugo de su papel.

Todo esto que he dicho parece que desmiente las cualidades de hiperrealismo sucio de la serie, pero no es así. En el lodazal nos sueltan y en él permanecemos. Y aquí es donde está lo más interesante de la serie: en que una vez en las aguas negras, no hay pureza a la vista; en ellas nadas o te ahogas.

Nunca había visto una obra de ficción que reflejara tan bien lo que en determinada teología se conoce como pecado estructural. Toda la serie es una exposición de una sociedad corrupta hasta el tuétano. Capa tras capa de estructuras y superestructuras de pecado y crimen. Por cierto que el pecado es una cosa y el crimen otra y no son precisamente sinónimos, no sólo por la saludable diferencia que debe existir entre Moral y Derecho. Pueden solaparse, sin embargo. En Gomorra, más que solaparse, se han ido juntos de fiesta. Durante mucho tiempo, la serie no nos da tregua y no nos saca de este mundo opaco, asfixiante. El Estado, la Iglesia, la sociedad civil, o aparecen de modo anecdótico o están dentro del sistema mafioso, colaborando activa o pasivamente, por acción o por omisión. Para los personjes, mayores y menores, de la serie, el mundo es esto y sólo esto, no hay nada más. Gomorra es más dura que la obra de David Simon y Ed Burns sobre Baltimore: por trágica y sin salida que fuera la existencia en The Wire hay en ella destellos de esperanza, de posibles salidas, aun cuando no todos los que lo intenten logren escapar de la ciudad del mundo y ciertamente nunca lleguen a la ciudad de Dios, sino, como mucho, a otra ciudad un poco menos terrible. En Gomorra no hay ni esa frágil esperanza. Nadie busca salir de ese mundo. Porque no existe otro.

Esa da a la serie una oscura densidad, similar a la de Las benévolas, la escalofriante novela de Jonathan Littell. Y la pregunta para el espectador es obvia: ¿quién serías tú en este mundo? ¿Qué posibilidad de tomar decisiones morales hay en un mundo radicalmente inmoral? ¿Son las invocaciones al honor, a la lealtad, a la familia, a la sangre, de los mafiosos mera palabrería para dar una pátina fingidamente honorable a sus atrocidades? ¿Son hipócritas además de asesinos? ¿O son sinceros’ ¿Y qué respuesta es más lúgubre? Durante dos temporadas esas preguntas se enroscan alrededor del espectador logrando una sensación de continuada incomodidad. Incomodidad que fue lo que me mantuvo más interesado, más que las intrigas, las traiciones y las maniobras criminales. No creo en la función social del arte ni en los valores éticos aplicados a la ficción como necesidad, pero sí como posibilidad. Y el compromiso de denuncia que en Gomorra es transparente, sin sermones, me parece muy interesante y logrado.

De ahí mi cierto fastidio a partir de la tercera temporada. Cuando nos mudamos de las zonas más miserables de Nápoles, alejándose de esas omnipresentes alas de hormigón que son las “velas” de Scampia, al centro, la serie parece que se relaja, como si estuviera cansada de ser tan descarnada. Los escenarios son más agradables. Y, aunque sigue siendo una serie dura, hay un evidente cambio de tono. Parece, por así decir, una suerte de Juego de Tronos en vespino. Un joven príncipe injustamente destronado y, encima, guapo, enfrentado a viejos nobles en el rol de malvados es el tronco argumental de la tercera temporada. Al espectador le es más sencillo dividir a los personajes en más positivos y negativos y puede animar a los más o menos buenos o a los aún más malos, según sus gustos. La cuarta arregla en parte esto, pero la exposición cruda de una realidad sucia ya había quedado convertida en una ficción sombría, pero entretenida, tolerable, segura. La incomodad había desaparecido. La brutalidad no, eso es muy cierto, porque nunca he visto una serie con índices de mortandad tan elevados. Pero las muertes que al principio eran una acusación al final se volvieron un simple recurso narrativo.

Pese a estos reparos, ahí les esperan cuatro temporadas llenas de chanchullos, crímenes, corruptelas, traiciones y una colección de serpientes, hienas y chacales de cuidado. Inmaculado no se sale de Secondigliano.

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